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Piglia, "Tesis sobre el cuento"
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Variaciones
sobre el cuento Andrés Neuman
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I.
Dodecálogo de un cuentista
"Inevitablemente, algún día, un catedrático hará girar las páginas de
este libro en busca de una clavija para colgar su sombrero... Al principio se
sentirá desanimado ante el descubrimiento de que ha violado su regla
fundamental que dice: "Nunca se ha de finalizar una frase con una
preposición" . A pesar de todo, tendrá la esperanza de descubrir el
secreto de escribir cuentos... Cuando haya dado fin a su investigación seguramente
escribirá un libro titulado Once recetas distintas para redactar un cuento
corto".Erskine Caldwell
Empecemos
por el final, como decía Poe que se escriben los cuentos. Antes que cualquier
otra consideración, me gustaría formular un dodecálogo personal. Es verdad
que los principios teóricos suelen partir más del resultado de la escritura
que de su origen. Pero también creo que las poéticas no son una cuestión de
magia, sino reflexión (o tal vez de magia reflexiva). Sirvan pues estos
enunciados, fruto del ensayo y del error, como síntesis de mi visión del
cuento:
II.
El cuento de los géneros
"El cuento es un
experimento con la noción de límite."
Ricardo Piglia
Los
géneros puros no existen.
Son hormas, convenciones que, no por mayoritariamente asentidas, dejan de ser
vapor: un vapor que se esfuma durante la escritura. Hoy no existen los géneros,
más allá de unas cuantas nociones heredadas con las que, sin duda, resulta
útil orientarse para poder llegar a otra parte, a lugares extraños. No hay
esencias que hallar en el lenguaje, ni en sus códigos, ni en sus tradiciones.
Como no me parece que haya, pese a Jolles y todos los estructuralismos,
ciencia que encontrar en la literatura (si conocimientos) .
Sucede
que la historia fija unas convenciones y, más tarde, los teóricos las
sacralizan sin querer. Es entonces cuando los lugares comunes se convierten
en lugares de paso obligado, como si hubieran estado allí antes de ser
transitados. Sin embargo - tal y como lo percibieron los
románticos - los moldes genéricos no constituyen hoy para la escritura
realidades preexistentes a ella misma. Existen, como mucho, reflejos de lo
que por convención se supone que es un cuento, un poema, una novela.
Entonces,
¿todos los textos literarios son iguales? En modo alguno. Así como no hay
géneros para el escritor audaz, sí existen los procedimientos. El Latín nos
auxilia: proceder es "ir adelante", pero también "pasar a otra
cosa". Cada texto, para seguir adelante, pasa de una a otra cosa, va de
unos procedimientos a otros formándose a sí mismo y conformando su
naturaleza. La literatura del siglo que ha terminado - y más aun la del que
empieza - es, en su condición híbrida, básicamente procedimental.
Para
ser exactos, más que la hibridación de unos géneros todavía distinguibles,
creo que tendemos hacia la disolución misma de esos géneros en tanto que
objetos definidos. Ante la pregunta de si todos los textos quedarían de ese
modo confundidos sin remedio, la respuesta es rotundamente no. No es igual el
recurso al lirismo que la narratividad, la descripción que la introspección.
No coinciden en sus elementos básicos los diálogos o el estilo indirecto con
los monólogos. Ni son una misma cosa la disposición lineal y la disposición
fragmentaria, la digresión y la elipsis... Todas ellas son herramientas que
el escritor aprende con el tiempo a distinguir, manejar, combinar. Aun cuando
no sepa nombrarlas.
El
malentendido de los géneros proviene, quizá, del hecho de que ciertos
procedimientos se hayan venido aplicando históricamente a unos textos
determinados (por ejemplo: la narración, el diálogo o el estilo indirecto
para el cuento y la novela; el lirismo o la metáfora para la poesía). Ahora
bien, este hábito no impide que podamos aplicarlos a la inversa. Ni que - en
mi opinión - hoy sea recomendable aplicarlos a la inversa, si se quiere
buscar espacios de renovación. Si parece plenamente aceptado que existe una
poesía narrativa (mucho más allá de la generación beat, podríamos mencionar
el romance popular, la épica medieval o incluso la grecolatina) ¿por qué no
ir hasta el final de esta lectura? ¿Por qué no asumir entonces que hablar de
géneros es sólo una precaria y económica manera de entendernos, e incluso a
veces una buena manera de malentendernos?
Kurt
Spang, apoyándose en Kayser, enumera las diez características que considera
fundamentales para definir lo lírico. Fue para mí una experiencia en verdad
curiosa comprobar cómo, en dicho decálogo del lirismo, ocho de sus principios
se ajustaban como anillo al dedo a los cuentos breves que me gusta escribir.
La lista de Spang es la siguiente: interiorización de la realidad exterior,
con la frecuente consecuencia de la brevedad y la profundidad; predilección
por la instantánea, por la sugerencia visual; tendencia a tratar un solo
aspecto, tema o situación, limitando el campo de acción pero aumentando la
intensidad; función estética del lenguaje y densidad de la estructura;
importancia del ritmo; carácter explícita o implícitamente oral del texto;
musicalidad.
En
cuanto a las dos características restantes, en realidad se trata de dos
malentendidos. Uno consiste en aseverar que "los textos líricos nunca
cuentan una historia"; apreciación muy habitual, que omite el hecho de
que la lírica construye siempre alguna clase de personaje, situándolo en una
determinada situación más o menos ficcional que constituye su historia. (La
poesía china, en este sentido, resulta ejemplar). A lo largo de cualquier
poemario es posible rastrear un argumento protagonizado por una o varias
voces, una peripecia de variable relevancia pero de presencia indiscutible.
El segundo malentendido se refiere a la métrica, y baste señalar que el
propio autor termina descartándola como requisito indispensable, al admitir
la existencia de texto en prosa netamente líricos. (La barrera entre verso y
prosa, no puede ni necesita ser la misma después de Baudelaire y del modernismo
hispánico, después de los poemas en prosa y de las prosas líricas,)
De
modo que, descartadas estas dos últimas características, y de creer a Spang,
mis cuentos estarían construidos con la esencia de lo lírico. Sin embargo, al
mismo tiempo sé que poseen un argumento al que concedo una notable
importancia, y que puede enunciarse claramente y en pocas palabras.
¿Y
por qué no? Baquero Goyanes afirmaba que sólo es posible entender el cuento
vinculándolo a la poesía lírica, antes que a la novela. Siendo esto cierto,
no está de más insistir en que - más allá de los géneros - el lirismo no es
patrimonio exclusivo de la poesía, igual que la narratividad puede hallarse
con toda naturalidad en un poema. Un ejemplo cualquiera en nuestra lengua:
comparemos ciertos cuentos breves de Arreola con los poemas de Fonollosa.
,¿Quien narra un argumento y quién apela a los sentidos? ¿Dónde hay más
acción, dónde más lirismo? Un ejemplo anglosajón: comparar la narratividad en
El cuervo de Poe con los relatos más evocativos de Truman Capote o Falkner.
Tercer ejemplo, mixto: leer las muy poéticas Leyendas de Guatemala , de
Miguel Angel Asturias, a continuación de la extremadamente argumental Rima
del anciano marinero, de Coleridge. O confrontar los cuentos de Carver con
los poemas de Carver, los cuentos de Borges con sus propios poemas y ensayos:
¿deberían distinguirse entre sí de manera tajante? Difieren seriamente sus
procedimientos?
Como
advertía Alejandro Rossi al principio de su Manual del distraído, o
Benedetti en Despistes y franquezas, no siempre es imprescindible
castigar a los textos con limitaciones teóricas. A este respecto, Rossi
propone la siguiente moral lectora: "Léelo, si es posible, como yo
escribí: sin planes, sin pretensiones cósmicas, con amor al detalle".
Sin amor, sin detalles, no es posible escribir un cuento breve. Pero además,
sucede que algunos planes excelentes - y esto lo sabe muy bien el escritor -
son un regalo del azar o del momento de la escritura. Así como raras veces
resulta provechoso intentar adivinar cuál fue el esquema precedente a un
texto, tampoco parece muy sensato reclamarle una pertenencia genérica
inequívoca que sólo existe en la abstracción de los manuales. Coherencia no
es lo mismo que unidad . La coherencia es el deseable fruto del estilo, de la
reflexión y del trabajo; la unidad es un producto de la obsesión monista.
Al
igual que sucede con Borges, muchos relatos de Rodolfo Wilcock, Eduardo
Galeano o Enrique Vila-Matas no tiene género, es decir, inauguran un
antigénero o, mejor, un multigénero. El auge en su valoración y difusión, así
como el de la micronarrativa y las misceláneas; la noción de hipertexto
formulada por Ted Nelson, junto con la canonización del minimalismo en las
artes plásticas y también en narrativa (al respecto, es de gran interés la
defensa del minimalismo que hace Frederick Barthelme, recogida por Lauro
Zabala en su muy útil trilogía sobre el cuento); la llamada ficción-zoom o la
ruptura de la tradicional estructura tripartita del relato... todos ellos son
fenómenos cercanos a estas cuestiones. De hecho, cuando Nelson creía hablar
de Internet (divergencias, interactividad, no linealidad, fragmentación,
descentramiento...), no estaba hablando de otra cosa que de la concepción
posmoderna de la narración.
Cortázar
- un cuentista nada sospechoso de negligencia constructiva - solía insistir
en el concepto musical del take, es decir, en las improvisaciones a partir de
una idea o tema. El riesgo está implícito en el azar de la ejecución, pero
también en la lectura. En este sentido, la relativa incomprensión que aún
existe hacia las formas fragmentarias tal vez tenga que ver con el imperio
del pragmatismo y con la falta de riesgo: lo que no tenga un sentido, una
forma, queda condenado a parecernos un amorfo sin sentido. Frente a esta
lógica unitaria, el fragmento o la teoría del rizoma desafían sus leyes y la
seguridad de sus cimientos.
No
siento que haya una naturaleza esencial en los textos que leo o escribo,
supuestamente determinada por su adscripción genérica, por el peso relativo
de su argumento, de sus emociones o de lo que fuere. La experiencia nos
indica que hay poemas narrativos y también dialogados. Que existen cuentos
líricos. Novelas intimistas o confesionales. Poemas reflexivos, filosóficos.
Ensayos muy poéticos. Novelas cuyo núcleo son ideas. ¿Por qué ha de ser
desconcertante, entonces, para la teoría literaria?
Abandonando
los lugares comunes que establecen vínculos de necesidad entre determinados
géneros y determinados procedimientos, entenderemos mejor toda una tradición
que, por su fecundidad y arraigo, ya no es posible seguir explicando desde la
excepcionalidad o la extrañeza. Tal vez en el oficio de escribir sólo haya
procedimientos y circunstancias históricas. El resto habrá de ser una
cuestión de riesgo y de imaginación.
III
Técnica del minuto y otros procedimientos
"Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten
esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea."
Horacio Quiroga
He defendido que la noción de género es insuficiente para conocer las reglas
de un texto contemporáneo, y la mayor utilidad, para ello, de los
procedimientos. Ahora bien, esto no impide que nuestras sensaciones de
escritura se modifiquen al pasar, por ejemplo, de eso que llamamos novela a
eso más breve que llamamos cuento. En mi caso particular, el conjunto de
procedimientos que suelo emplear en mis cuentos convoca una serie de
intuiciones que - en confrontación con las sensaciones recibidas durante la
escritura de una novela - podría formularse del siguiente modo.
Escribir
un cuento es como viajar. Empezar una novela, como mudarse de casa. En el
cuento, uno se marcha ligero de equipaje para regresar más o menos pronto,
exhausto pero satisfecho. En la novela uno va y viene, cargándose de objetos:
una vez completado el traslado, se ha de permanecer en la nueva vivienda
durante largo tiempo.
El cuentista es un sprinter . El novelista, un corredor de fondo. Es decir,
intensidad y técnica minuciosa (un mal movimiento nos haría llegar tarde a la
meta). Frente a largo aliento y perseverancia (no morir de brillantez por el
camino).
Algunas
novelas son como un insistente manoseo que no llegase al climax. Los buenos
cuentos se parecen al orgasmo. La narrativa breve es el punto G de la
literatura.
Decía
Bioy Casares que un cuento es nítido y limitado como un objeto. Una novela
sería, entonces, difusa y amplia como todo un paisaje.
La
novela es la luz del día (o de la luna llena). El cuento breve es sólo un
golpe de linterna, una fugaz cerilla en nuestro dormitorio a oscuras.
Escribir
una novela es como pilotar un avión, con su envergadura imponente, su
poderosa estructura y su complejo instrumental. Escribir un cuento, en
cambio, es como tirarse en paracaídas: la sensación de velocidad es mayor, el
vértigo nos acecha y, hasta tocar tierra, nunca está seguro de si el maldito
mecanismo ha funcionado.
(Narrar, en cualquier caso, es el arte de volar)
Uno
de los problemas que, tarde o temprano, ha de plantearse necesariamente un
narrador es el problema del tiempo. No hablo de vagas metafísicas sino de
concepción del tiempo narrativo, del tipo de secuencia temporal que tendrán
los cuentos, y que tan minuciosamente analizó Anderson Imbert. En mi caso -
sin necesidad de hacer de ello un dogma - me agrada poner en práctica lo que
podríamos llamar técnica del minuto. Ésta consiste en explotar al máximo los
matices de un fragmento temporal muy limitado, en distorsionar la
correspondencia entre el tiempo de narración y el tiempo de la acción. De ese
modo, dicha secuencia o minuto tiende a crear un efecto dilatorio de gran
eficacia. En palabras de Hemimgway: "El movimiento produce el
cuento". Algunas veces el movimiento es tan lento que no parece estarse
moviendo. Pero siempre hay cambio y siempre hay movimiento". Muchos
cuentos memorables son sobre todo una encrucijada temporal, una bomba de
tiempo.
Simplificando,
en muchas ocasiones me interesa contar el último minuto de mis cuentos (o,
como variante, contarlos hasta su último minuto). Congelar, retener,
explicarme ese momento de crisis antes del abismo. Y dejar al lector justo
delante de él, a un par de centímetros. "Mientras la novela transcurre
en el tiempo - escribió Cristina Peri -, el cuento profundiza en él, o lo
inmoviliza, lo suspende para penetrarlo".
Isaac
Bashevis Singer afirmaba que un cuento debe dirigirse directamente hacia su
clímax; Henry Mérimée, haciendo más hincapié en la selección del tema que en
el desarrollo de su argumento, declaró que un cuento busca asuntos cuya
crisis exija brevedad. De ambas ideas emana, creo, la esencial cualidad de la
tensión. Los cuentos que me dejan sin aliento, noqueado de felicidad, no son
tanto los que alcanzan un clímax, como esos que son un clímax. Claro que ese
estallido al que me refiero es - además de discreto - aparentemente inmóvil,
pues se produce un minuto eterno. Ray Bradbury lo expresó como nadie: Date
prisa, no te muevas".
También
me agrada que el montaje de un relato (la articulación entre distintas
secuencias con unidad de tiempo y espacio) sea lo más suave posible. O mejor:
imperceptible. Procuro evitar los saltos en ese montaje, salvo que me
parezcan por completo irrenunciables para contar la historia. El cuento
contemporáneo es, muchas veces, una metáfora concreta en la que se conjugan
visualidad y simbolismo. He ahí gran parte de su poesía. Por eso (y a pesar
del símil cinematográfico al que he recurrido por su claridad) prefiero el
cuento - teatro al cuento - cine . Es decir, me identifico más con las
escenografías que con los largos desarrollos y los efectos especiales. El
cine, en todo caso, se me antoja más cercano a la novela, si es que las
estructuras literarias pueden compararse seriamente con las cinematográficas.
Otros
elementos de suma importancia son el punto de vista y el personaje. O mejor
dicho, la necesaria relación entre ambos: la historia es el personaje, es
decir, su mirada. Luis Arturo Ramos divide metodológicamente el cuento en
tres instancias fundamentales: los personajes, la atmósfera y la acción. De
este modo un buen cuento, un cuento equilibrado, sería aquel que consiguiera
armonizar las tres. Ahora bien, para obtener un efecto de extrañamiento y
producir inquietud en el lector, nada hay más poderoso que intensificar las
dos primeras y atenuar o ralentizar la tercera. En este sentido, puede
decirse que a veces aspiro a escribir un cuento desequilibrado.
La elección del punto de vista narrativo nos lleva directamente a la
selección de la información, y al recurso clave de la elipsis. Y., si bien
aquí resulta ineludible la referencia al principio del iceberg de Hemingway,
convendría recordarlo con todos sus matices. En efecto, el mecanismo de la
elipsis no se limita a aquellas siete octavas partes sumergidas o calladas;
sino que cada acierto elíptico, cada ocultamiento, debe fortalecer la parte
visible del témpano. Cuanto mayor sea la base ( lo sugerido, lo no escrito),
más firme se volverá el pico ( lo declarado, el texto): a decir de Flannery
O´Connor, en ficción dos más dos son siempre más de cuatro. Lo mismo sucede a
la inversa. Si se cuenta demasiado, si el narrador hace asomar más información
de la imprescindible, entonces la base del iceberg se debilita y puede quedar
a la deriva. Sin secretos. "pues ya que se ha de escribir - ironiza
Clarice Lispector - que al menos no se aplasten con palabras las
entrelineas".
Cuando
Borges declaró que el cuento no tiene ripios, no se refería a las palabras ni
al estilo - lo cual habría sido una obviedad -, sino a lo que él llamaba
situaciones intermedias. Como él explicó, el ideal narrativo de la síntesis
radicaría en que el lector no fuera capaz de distinguir entre ornamento y
núcleo, es decir, que no supiese señalar los nexos. Las novelas suelen huir
de esa elementalidad. En el cuento, en cambio, la elementalidad es una virtud
básica. Si la síntesis y la elipsis son dos recursos decisivos en el relato
breve es porque neutralizan el ripio, porque desconectan las funciones de
nexo. Por eso, mientras una novela puede permitirse algún fárrago, en un
cuento cualquiera pérdida de fluidez resulta letal.
Con
la fluidez se relaciona otro elemento crucial. Siempre he tenido la impresión
de que los cuentos, como los poemas, empiezan por intuirse en forma de ritmo.
De que, un instante antes de presentarse en la forma definida de un
argumento, anidan en el oído. La sintaxis de un cuento se parece a una partitura
para instrumento solista: al carecer de orquestación, de la estructura coral
de la novela, el peso queda repartido entre las notas y su disposición
rítmica, en la pura melodía. Por eso en el cuento es tan importante el
argumento como el ritmo, la historia en sí misma como el juego de demoras y
aceleraciones. A este último aspecto, por supuesto, está ligado el arte mayor
de un cuentista: el de los finales. Más allá de qué cuente un final, es fácil
reconocer un buen cuento atendiendo al pulso, la frecuencia y la velocidad de
sus últimas líneas.
¿Ahí
está todo? Desde luego que no. Pese haberme ceñido en estas páginas a los
aspectos técnicos y formales (pues son, en general, los más rehuidos por los
propios narradores), no me cabe duda de que lo más importante de un texto es
siempre su sentido, sus sentidos. Pero no es tarea de su autor explorarlos,
entre otras cosas porque puede ser el último en entender lo que ha escrito.
Aun
así, no quisiera dejar de referirme a una sola cuestión: algunos lectores han
advertido que en mis cuentos existe una tendencia a abordar los aspectos
oscuros o dolorosos de la realidad, y con frecuencia me han preguntado acerca
de ello. Supongo que tienen razón, aunque jamás me lo he propuesto:
sencillamente no puedo evitarlo. Se me ocurre argüir que el dolor nos
convoca, que lo terrible nos atrae. O que quizás el sufrimiento requiera,
para ser soportado, mayores explicaciones que la dicha. La muerte, por
ejemplo, constituye un hecho tan asombroso que acaso no se pueda dejar de
aludir a ella. Siempre he tenido para mí que quien más se acuerda de la
muerte es el vitalista empedernido. ¿Es posible amar la vida sin comprender
hasta qué punto es un bien frágil y efímero?
Confieso
que, en realidad, siempre he querido escribir cuentos humorísticos. Aunque
respetando, desde luego, el principio de Mark Twain: a diferencia de los
cuentos cómicos o ingeniosos, un cuento humorístico debe ser contado en tono
grave, y el narrador ha de fingir que ignora por completo la posible gracia
de su historia. Lo suscribo, añadiendo: ¿y qué mejor opción que aplicar este
principio a asuntos trágicos?
y IV.
Homenaje al secreto
Lamento escribirte una carta tan larga, pero no tengo
tiempo de hacerla más corta.
Carta de Marx a Engels
Narrar
es mucho más que hablar. Para hablar basta con decir algo; para narrar se
requiere decir algo y callar mucho. Tener una historia que contar conlleva,
como minino tomar dos clases de decisiones: qué incluir en el relato de la
historia (argumento); y qué, perteneciendo a esa historia, no cabrá en el
argumento (elipsis). Los puentes entre el material argumental y la elipsis,
entre la historia escrita y sus huecos, son las sugerencias. No es de
extrañar, entonces, que la narrativa breve haya hecho de la sugerencia su
estandarte. Un cuento es un secreto, y por eso las distintas poéticas del
cuento son diversas maneras de guardar un secreto, o de administrarlo.
"escondo, escabullo una verdad por un lado - explica Luis Arturo Ramos
-, y la hago vislumbrar mediante pistas detectivescas por el otro". El
arte de narrar es un variante del disimulo. Y, por lo tanto, de la seducción.
Ricardo
Piglia sintetiza el desarrollo de la narrativa breve, durante la modernidad,
partiendo de la idea de que un cuento siempre cuenta dos historias. O, mejor
dicho, de que narra una y a la vez esconde otra. Cada poética dependería de
cómo se estructuran ambos relatos, de sus puntos de cruce. La clave del
cuento, entonces, residiría en el modo en que se manifiesta la historia 2
mientras sucede o se nos cuenta la historia 1. Esta propuesta, que resulta
reveladora sobre todo para comprender el funcionamiento de los cuentos con
efectos sorpresivos (desde Chejov o Poe hasta Borges o Cortázar ), admite ser
completada con un análisis de la fragmentación de la propia historia 1. Es
decir, con el estudio de las diversas estrategias mediante las que el
argumento visible se calla, se demora o se interrumpe. En algunas ocasiones
el asombro no provendrá tanto del desvelamiento de la historia 2, como de la
omisión de datos esenciales para la propia historia 1, o del aplazamiento
exagerado de los mismos, o de su desvelamiento parcial.
En
el cuento " La insignia" de Julio Ramón Ribeyro, por ejemplo, lo
que más nos inquieta es la insistencia con que la narración nos niega desde
el principio el acceso a informaciones básicas: cómo es exactamente esa
insignia que lo explica todo, quiénes son los camaradas del personaje, en qué
consiste su misteriosa organización. Durante la lectura, nuestro asombro se
centra en que estos interrogantes no son respondidos. Tampoco se invita al
lector al hallazgo de una segunda historia oculta. Se trata de una clase
distinta de espera defraudada: si Freud cifró el efecto del chiste en la
violencia que una resolución inesperada ejerce sobre las expectativas del
oyente, aquí lo inesperado consiste en la total ausencia de resoluciones. Al
final de " La insignia", desde el punto de vista del argumento,
nada nos ha sido relevado: el secreto permanece intacto. Para que actuara la
reflexión moral del cuento, no era necesario desvelar ciertos datos. O mejor
dicho: el efecto moral del relato dependía, precisamente, de esas omisiones.
Un
breve cuento de Kafka, "El paseo repentino¨, ilustra a la perfección el
mecanismo de demora. De hecho, aquí la historia se demora tanto que, al
llegar a las últimas tres líneas, el lector descubre que aquello era todo lo
que argumentalmente había para contar: de madrugada, un hombre abandona su
casa y va a visitar a un amigo para saber cómo se encuentra. El resto del
texto, la entera página precedente, constituye un aplazamiento de esas tres
líneas. Pero estamos ante algo más que un simple experimento: sin ese
aplazamiento, el desasosiego y el vacío intimo del personaje no habría podido
ser expresado. ¿Hasta donde llega el argumento en un relato breve, y hasta
dónde la atmósfera cifrada en una estructura? ¿No son el clima, la tensión
anímica y los procedimientos, el argumento principal de muchos cuentos
magistrales?
En
" La fe" de Quim Monzó, el vivaz diálogo de los dos amantes queda
inconcluso. El lector esperaba que la incipiente discusión fuera crispándose
hasta estallar del todo, o que por el contrario se amansase y tuviese lugar
una reconciliación. Sin embargo, el final de la historia es interrupto, de
manera que nos quedamos sin saber qué sucede con los amantes ni porqué motivo
habían empezado a discutir. Los datos fundamentales (orígenes de la disputa,
destino de la pareja) resultan sabiamente escatimados.
La
historia de Monzó no tiene un final, pero sí una finalidad: sugerir que la comunicación
entre amantes es al fin y al cabo imposible o infructuosa, pues siempre se
atasca y regresa al mismo punto como en un círculo vicioso. Si el diálogo del
cuento hubiera progresado hasta desembocar realmente en algún sitio, causando
por ejemplo una ruptura entre los amantes, ese frustrante efecto de
incomunicación no habría sido el mismo, pues la disputa habría tenido al
menos un sentido. Contar un secreto, aquí, habría sido debilitar la historia
de un amor desesperante. Como lector, muchos de mis cuentos predilectos
poseen argumentos concebidos para guardar secretos, no para revelarlos.
También
cabe la posibilidad de combinar estrategias, o incluso de parodiarlas.
Monterroso tiene un disparatado cuento titulado "Navidad. Año nuevo. Lo
que sea", en el que juega con los mecanismos de aplazamiento e
interrupción. El discurso, que parece versar sobre vanidad de las tarjetas de
felicitación, se pierde voluntariamente en una serie de disgregaciones que
desemboca en una reflexión sobre los encuentros fortuitos. Cuando tras
larguísima demora, el argumento finge resolverse, los lectores nos topamos
con el sin sentido: la conclusión se interrumpe y nada ha sido aclarado.
Nada, excepto la irónica broma con la que, a su manera, queda justificada esa
ausencia de justificaciones: "...esas conjunciones, cómo calificarlas,
en que nada sucede, en que nada requiere explicación ni se comprende o debe
comprenderse, en que nada necesita ser aceptado o rechazado, ¡oh!". Más
allá de su sentido del humor, este texto es de gran utilidad por la nitidez
con la que se emplean los mecanismos parodiados.
Una
combinación de interrupción y omisión tiene lugar en " La migala"
de Juan José Arreola. El lector nunca llega a enterarse de qué es esa migala,
o de si es en verdad letal. La ética del protagonista parece ser la del
riesgo, la de convivir con el peligro: y si supiéramos qué es exactamente la
migala, nos resultaría más familiar, menos temible. Si la migala picase al
personaje, el clima de obsesiva amenaza quedaría diluido. Era necesario que
la incierta criatura central del relato fuera un secreto (omisión), y el
final quedase abierto justo cuando ésta se pasea por casa, junto al personaje
(interrupción).
De
una manera u otra, estas cuestiones nos llevarán al problema de los finales,
cuestión crucial del género. En el precepto quinto de su Decálogo, Quiroga
nos advertía, siguiendo a Poe: " No empieces a escribir sin saber desde
la primera palabra a donde vas". Pero, si es cierto que en los finales
se distingue inequívocamente al buen narrador breve, no debe pasarse por alto
un importante matiz: aunque habitualmente los empleemos como sinónimos, final
no significa lo mismo que resolución.
En
"Los libros" Quim Monzón insinúa, entre bromas y veras, que los
escritores no deberían terminar sus historias, sino solamente empezarlas.
Empezarlas y callarse, pues los finales traen consigo la decadencia. Esta
broma es muy seria, pues algunos de los mejores cuentistas de este siglo
(Onetti, Rulfo, Hemingway, Caldwell, Carver...) se dedicaron concienzudamente
a no resolver sus argumentos, lo cual no significa dejar inacabado el
relato. En rigor, todo cuento tiene un final, y ese final son
las últimas líneas. En esas líneas puede haber o no una resolución de la
historia; y, aunque no la haya en absoluto, esas líneas pueden constituir un
final redondo.
Difícil
es dar con una observación más certera al respecto que la siguiente de
Piglia: "Los finales son formas de hallarle sentido a la
experiencia". Esta idea es decisiva para explicar por qué nos resultan
tan inquietantes los llamados finales abiertos - que a mí me gusta llamar
suspendidos - es decir, los finales que carecen de resolución: precisamente
porque indican una vacilación ante el sentido, porque insinúan la posibilidad
del sin sentido de la historia que leemos y por lo tanto de nuestra
experiencia, de nuestra costumbre.
La
novela moderna, dice Piglia, narra el fin de la experiencia.
Complementariamente, el cuento contemporáneo pone en tela de juicio la noción
de experiencia mediante sus finales suspendidos. Ni el cuento ni la novela
han sido un mismo objeto inmutable a lo largo de la historia: los
géneros (vale decir: determinadas combinaciones de procedimientos,
convencionalmente fijadas) han ido modificándose y transformando sus teorías
junto con sus lectores y su tiempo. El tiempo: ese lugar del que uno no
consigue irse jamás, y al que no obstante regresa.
Horacio Quiroga, en un intento de defender el cuento de ciertas
minusvaloraciones que por desgracia aún persisten en el mercado y entre los
críticos, quiso negarle su historicidad. Como puede apreciarse en la
"Retórica del cuento", el ilustre narrador excluye de la orbita del
cuento recursos como el aplazamiento, la elisión o la descripción indirecta
(todos ellos, hoy, mecanismos guardadores de secretos). En su propósito de
otorgarle al cuento una rigurosa especificidad genérica, Quiroga quiso
combatir la inevitable caducidad de su poética.
A
mí me parece, en cambio, que el interés de la poética radica justo en eso: su
vigencia relativa las vuelve dinámicas, discutibles. Materia de reflexión.
Ojalá estás páginas lo hayan sido en alguna medida. En la teoría literaria,
por fortuna, no hay biblias ni profetas. Pensar hoy lo contrario sí que sería
pensamiento débil. O un cuento poco verosímil.
|
1 comentario:
Me gusto mucho leerte, a mi también se me da por escribir a veces, cuando la inspiración llega a mi, como cuando un rayo de sol se deja tocar una mañana de invierno. Tengo un blog también, pero no creo que sea tan bonito como el tuyo. Si puedes leeme y dime que opinas, un gusto, Orlando!
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