martes, 31 de enero de 2012

Circulación de la literatura en el aula

Suelo preguntarme una y otra vez si la literatura es lo que podría pensarse  un objeto enseñable y si así fuera en qué consistiría la metodología de abordaje en el aula (1)

Pero plantearse estos interrogantes trae aparejado otro problema: qué es la literatura. Ya sabemos que las respuestas a estas preguntas han disparado cantidad exhaustiva de bibliografía y no es el objetivo en este caso dar cuenta de toda ella. Sin embargo, y para resumirlo muy escuetamente, me quedo con estas palabras de Anderson Imbert en Teoría y Técnica del cuento cuando introduce el concepto de ficción literaria. Si bien se centra en el cuento, su concepción puede extenderse a todas las formas de la literatura:

“De un cuento  puede decirse que es ficticio en ambas acepciones pues por un lado simula una acción que nunca ocurrió y por otro moldea lo que sí ocurrió pero apuntando más a la belleza que a la verdad (…) La literatura, toda ella, es siempre ficción. Y viéndolo bien ¿no es ficción cuando pensamos? La literatura no es ciertamente la única actividad humana que falsea y distorsiona la realidad. Aun la ciencia lo hace. Sólo que la ciencia lo  hace a pesar de ella y en cambio la literatura falsea y distorsiona la realidad a propósito”
Es entonces la intencionalidad estética el objetivo de cualquier texto literario. Pero ¿qué se entiende por “intencionalidad estética? Formulo esta cuestión porque es una pregunta muy común en las mesas de exámenes. Más bien se interroga al alumno por qué, por ejemplo, “Rosaura a las diez” pertenece al género literario y se espera que diga “porque su intencionalidad es estética”. El tema es que, generalmente, repiten ese concepto sin entender qué significa. A modo de anécdota, siempre recuerdo a un alumno que, en tercer año,  estaba leyendo “Los pichiciegos” de Fogwill y me dijo: “¿intencionalidad estética? A mí me atrapó pero no veo nada de belleza en el texto, hay un montón de malas palabras”(2)

Lo interesante de esa afirmación es que el alumno entendía finalidad estética de la misma manera en que la definía anteriormente Anderson Imbert: “apuntando más a la belleza que a la verdad”. Y, en el caso del estudiante, la belleza significaba “lo que es lindo, la palabras rebuscadas, no las que usamos siempre” diría él. Gran tema de la Teoría Literaria planteó sin saber. ¿La intencionalidad estética es apuntar a la belleza tal como la concebimos en nuestra vida cotidiana? ¿O más bien la belleza artística es otra cosa?
Veamos lo que dice el diccionario de la RAE sobre el término belleza:

f. Propiedad de las cosas que hace amarlas, infundiendo en nosotros deleite espiritual. Esta propiedad existe en la naturaleza y en las obras literarias y artísticas.

2. f. Mujer notable por su hermosura

 Ese  “deleite espiritual” es provocado por la obra literaria pero ¿cómo surge?  , ¿no depende de cada lector? Y podemos decir que sí. Es por ello que el concepto de literatura definido por su carácter estético (y por eso subjetivo) trae tantos problemas.

Lo importante en todo caso es entender la intencionalidad o finalidad estética en un sentido más amplio. Lo estético es, de alguna manera, poner el material verbal al servicio de la creación artística, a partir de  la  manipulación verbal, transgresión de géneros conocidos, etc., todo esto con el fin de   potenciar distintas significaciones y posibilidades de interpretación. En suma, ese recorrido que hace el lector hurgando en la historia y en el diseño de una trama, por ejemplo, es la intención estética, la cual no es inherente a un texto solamente, sino que está compartida por el sentido que el lector le asigna a aquello que lee.
¿Qué pasa en el aula con el lugar del alumno-lector de obras literarias?
El alumno cree que, en el caso de haber tenido que leer una novela por ejemplo, con el hecho de decir “de qué se trata” su abordaje de la literatura es óptimo. Y si nos sinceramos, los docentes, en una mesa de examen, no ahondamos tampoco en cuestiones estilísticas o más profundas.

Si tomamos el cuento, por ejemplo, vemos que este no es sólo una acción o bien la anécdota o historia. Hay una forma que adopta ese cuento que constituye el plus de significación y que se pone al servicio de la intencionalidad estética.

Dice Anderson Imbert en su obra ya citada: “prefiero no referirme a rangos diferentes de cuentos sino, dentro del mismo cuento, a los acontecimientos que ocurren (acción) y a la forma en             que se articulan (trama). Puesto que el contenido de la acción se da siempre en la formas de una trama, no practicaré dicotomías. Leo un cuento y le encuentro acción y trama. Son dos miradas de la misma cosa: en una veo la acción; en otra, la trama, pero la diferencia está en el modo de mirar. (…) Después de echarle al cuento una doble mirada llamo acción a todo lo que ocurre en el cuento, y trama, a eso mismo, sólo que percibido en las proporciones y relaciones que guardan entre sí los hechos” (pág. 129)

En el aula, sin embargo, el objeto literario se recorta generalmente en el foco de la acción y muy rara vez los ojos se posan en los vericuetos de la trama, en ese otro modo de mirar. Por eso tenemos que ser sinceros: el alumno pudo leer todas las obras sugeridas del “programa” y eso es meritorio, pero si su lectura se limita sólo al argumento, su apreciación de la literatura y su intención será bastante fragmentaria.



1)      Ver este artículo "Sobre la enseñanza de la Literatura"  que escribí para el curso de Teoría Literaria en la Escuela Media de CEPA (2010)





2)      Ver post “el concepto de ficción”

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