viernes, 30 de noviembre de 2012

¿Prácticas del Lenguaje o Lengua?


 
En más de una oportunidad me han preguntado por qué nuestra materia cambió su nombre, esto es, de conocerse como “Lengua” pasó a denominarse “Prácticas del lenguaje”. Si uno analiza los programas de estudios a la luz de esta nueva concepción, nos encontraremos con que el contenido (qué enseñamos) es prácticamente similar en ambos casos, mientras que lo que varía es más bien el enfoque que se le da a ese contenido y por ende, también a la metodología (cómo enseñamos).

Pero antes de comenzar con esta cuestión es necesario hacer hincapié en un tema no menor, ya que tiene estrecha relación con lo anterior. En primer término, ¿es lo mismo hablar de “lenguaje” que de “lengua”? Responder esta pregunta nos conduce necesariamente al teórico Fredinand de Saussure (1993; 116) quien entendía que el lenguaje era un todo heterogéneo constituido por la lengua y el habla, concebida la primera como “un fenómeno semiológico”, es decir, como un sistema de signos  que “permite a un sujeto comprender y hacerse comprender”, pero siempre al margen de los fenómenos que conciernen al uso, sus variantes, etc. y que el autor relega al campo del habla como una forma de delimitar su objeto de estudio. Esa fue la manera en que también fue abordado en nuestra educación formal durante mucho tiempo, donde hablar de “lengua” implicaba suponer  la enseñanza haciendo foco en el código, en las relaciones de sus elementos constitutivos, etc. independientemente del uso.   Esto implicaba planificar actividades que tuvieran que ver con la clasificación semántica de palabras, análisis sintáctico, y otras que se convertían en ejercicios aislados, separados de la situación comunicativa, esto es, de una situación comunicativa concreta.
Por otro lado, entender la enseñanza de nuestra materia desde “las prácticas del lenguaje” supone un alcance mayor que no finaliza con el mero conocimiento de las reglas que conforman el código sino con la manera en que se utiliza ese código en distintas prácticas discursivas. Por ejemplo, se parte de diferentes situaciones comunicativas y se reflexiona sobre cómo se utiliza la lengua allí y a partir de ello se reformulan las reglas en cuestión.

La pregunta crucial al respecto es: ¿este cambio de enfoque contribuyó a mejorar las competencias lingüísticas de los alumnos en la escuela media? Y quiero detenerme en este punto: considero que es de suma importancia concebir el objeto de estudio a la luz de otra mirada, más concreta, abierta y necesaria. Sin embargo, mientras las metodologías sigan siendo estructuralistas o sólo pongamos en contacto a los alumnos con géneros discursivos informales, nada habremos avanzado. Se ha llegado al extremo –en muchos casos- que ante este nuevo enfoque de “prácticas del lenguaje”, la gramática y la normativa han sido relegadas a un segundo plano. Y aquí es cuando caemos en la trampa. Enseñar nuestra materia en un marco de usos lingüísticos no significa desmerecer el valor que tiene la normativa y todos los aspectos de la lengua, sino concebir a estos últimos como un elemento importante que regulará esos distintos usos.

Por último, quiero destacar que focalizar en la dimensión social del uso de la lengua permite dar cuenta más bien de  cómo el alumno lee, habla y escribe. Ignorar este horizonte es ir por el camino errado. Es necesario también poner en contacto a los alumnos con géneros discursivos  sobre todo  formales -como el académico- que será crucial para abrirle paso a la universidad y a la vida profesional.

 
De Saussure, Fredinand (1993 Curso de Lingüística General [1919], trad. Mauro Armiño,  Buenos Aires, Planeta- Agostini

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