lunes, 12 de septiembre de 2016

Enseñar el "famoso" Circuito de la comunicación



Cuando reviso programas de mi materia, Prácticas del Lenguaje, observo que se proponen todavía  diversos temas ya sea por tradición, porque es fácil de enseñar o vaya a saber por qué.

Lo cierto es que lo que me parece más preocupante hoy en día en nuestra enseñanza es que se incluyen muchos contenidos en un currículum sin un criterio fundamentado y hasta a veces, sin reflexionar sobre de qué teoría proviene y cómo ese contenido se resignifica en las prácticas de clase de secundario.

Hoy es el caso del llamado “circuito de la comunicación”.

Según el modelo del código, la comunicación se lleva a cabo a partir de la codificación y la decodificación de un mensaje. De esta manera, el emisor codifica un mensaje en una señal (gracias a la existencia de un código) y esta será decodificada por el receptor. Se considera que la comunicación es exitosa si todos los recursos están en orden y los códigos (del emisor y el receptor) son idénticos.

Veamos un  diálogo como:

(Emisor)-Te pido que levantes el saco del piso.

(Receptor) -Ahora mismo (y lo levanta)

Aquí, el emisor piensa en dar una orden al receptor y para ello codifica eso que piensa en una señal (una representación fonética) para que su receptor interprete su mensaje. El receptor lo hace aparentemente de manera eficaz. Como se puede ver en el intercambio anterior, entre la representación fonética de /te pido que levantes el saco del piso/ y la de /ahora mismo/ hay una relación semántica.

Sin embargo, veamos este intercambio:

-          (Emisor)- ¿Vas a jugar a la pelota?

-          (Receptor)- Me duele la pierna

-          (Emisor) – Bueno, nos vemos la próxima

En este caso, ¿podemos decir que el receptor decodificó el mensaje del emisor? Está claro que no hay relación semántica entre la réplica del emisor y la del receptor, pero la comunicación resulta tan eficaz como en el intercambio anterior.

De esto se concluye que la comunicación no es un mero acto de decodificación (tal como se representa en el tan difundido circuito de la comunicación) sino más bien como un proceso de reconocimiento de inferencias. En este caso, el emisor infiere de /me duele la pierna/ que el otro no jugará el partido. Inferir, en tanto, es extraer el significado implícito de una determinada emisión, en otras palabras, aquello que no se haya dicho de manera explícita.

Esto significa que no basta con conocer el significado lingüístico de las emisiones sino las intenciones que los hablantes tienen cuando dicen los que dicen. Para ello, los hablantes deben compartir mucho más que un código para codificar y decodificar mensajes, más bien necesitan compartir un constructo psicológico, tener una visión de mundo en común que les otorgue las mismas habilidades inferenciales.

De esta manera, ¿tiene sentido que un alumno describa quién es el emisor o el receptor de un mensaje o qué código utiliza el primero para decodificar?

La enseñanza del circuito de la comunicación solamente se justifica si se repara inmediatamente en que esta manera de entender el acto comunicativo es insuficiente. Hay que ofrecer a los alumnos ejemplos en los que quede claro que la mera decodificación no alcanza. Ayudarlos a dar cuenta de inferencias en chistes o historietas e incluso, por supuesto, en la literatura. Hacerles reflexionar sobre el motivo que tienen, por ejemplo, los interlocutores al elegir decir /me duele la pierna/ en lugar de haber dicho /no puedo ir a jugar hoy/.

Y ya que nuestra materia se denomina en la actualidad Prácticas del Lenguaje, es hora de ser coherente con ello y empezar a concebir y enseñar la lengua precisamente viéndola funcionar, es decir, como una práctica real y concreta y no como un objeto que se agota en una mera descripción de sus partes.

 

 

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